20-40-40: esta es la fórmula de las empresas para convertirnos a todos en autónomos. Así somos jefes libres.

Se ha acabado lo de aspirar a un solo puesto de trabajo. Cuando buscábamos trabajo, ya fuera porque queríamos acceder por primera vez al mercado laboral o porque pretendíamos regresar a él, pensábamos en encontrar una vacante en la que encajásemos. Presentábamos nuestro currículum, hacíamos una entrevista y, si había suerte, acabábamos consiguiendo el puesto. Pero eso se ha acabado. Las opciones de futuro pasan, según los expertos, porque seamos capaces de ofrecer colaboraciones puntuales cargadas de valor a nuestros empleadores. Se acabó eso de ser contratados: ya no vamos a trabajar para una empresa, sino que tendremos que buscarnos la vida con proyectos puntuales para varias compañías.
Como asegura Alejandro Borges, profesor de la Universidad Camilo José Cela, las empresas del futuro inmediato “contarán con un 20% de empleados a tiempo completo, con un 40% que serán empleados a tiempo parcial, quienes aportarán su capacidad intelectual pero  sin estar del todo ligados a la empresa, y un 40% restante que se corresponderá con los servicios externalizados”. Por lo tanto, salvo ese 20% que será el corazón de la empresa, los que tomen las decisiones y dirijan los procesos, “el resto serán trabajadores que aportarán valor pero sin un vínculo estable y continuo”.
Esta tendencia, asegura Manuel Casal, profesor de Dirección estratégica y política de la empresa de la Universidad CEU San Pablo, se ha reforzado con la crisis, toda vez que “las compañías están concentrando sus esfuerzos en áreas de negocios concretas, allí donde pueden alcanzar el máximo nivel de competencia posible, tratando de convertir esa diferencia en una ventaja decisiva y duradera”. Con ese objetivo prescinden de aquellas áreas que no forman parte del núcleo de la empresa, que prefieren externalizar o que cubren con colaboradores y de mano de obra a tiempo parcial.
En ese nuevo contexto, asegura Víctor Conde, coordinador del área de Empresa de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nebrija, las empresas tenderán a trabajar por proyectos en todas las ocasiones en que les sea posible. “Contratarán los recursos que necesiten para ese proyecto y prescindirán de los mismos cuando éste termine. Habrá una estructura fija mínima, que será el think tank que defina estratégicamente la compañía, y a partir de ahí todo se regirá por la gestión del proyectos”. Antes, asegura Conde, las empresas cada vez que pretendían acometer nuevos cambios, montaban una task force con personal de distintos departamentos, que abandonaban sus responsabilidades habituales y se incorporaban al que equipo que iba a gestionar el proyecto, y cuando éste terminaba, volvían a sus puestos de origen. “Ese es el modelo que se va a utilizar también hoy, pero sin contar con gente de dentro”.
Vinculaciones débiles
Esta nueva forma de gestión empresarial, que conllevará la citada redistribución de los espacios de influencia, conducirá también a dar por finiquitado el viejo modelo de trabajo para una sola empresa. Según Conde, “un empleado podrá formar parte durante una temporada del núcleo fijo de una compañía, pero en otra etapa de su vida profesional estará participando en diferentes proyectos para varias, en una tercera estará centrado en el desarrollo de un proyecto concreto y así sucesivamente”. Nuestras carreras perderán la linealidad del pasado, pero también la estabilidad que proporcionaba el contrato. Ahora estableceremos vinculaciones débiles que provendrán de nuestra capacidad para dar valor a los proyectos.
Por eso, “a lo que tiene que aspirar una persona es a saber moverse en ese nuevo contexto, haciéndose visible para las compañías y aspirando a estar al servicio de varias de ellas”. Más que como un trabajador, tenemos que vernos como autónomos que han de vender sus servicios de forma que encajen en diferentes proyectos.
Esto es el  mercado -asegura Conde- y cada uno de nosotros tiene que intentar utilizar las estrategias del marketing para captar y fidelizar clientes. Si poseo un know how especial, tendré que hacerlo valer en el sector en el que me desenvuelvo, al mismo tiempo que habré de poner atención en cuidar, como clientes que son, a las compañías para las que trabajo”. Según Conde, la relación laboral se va a convertir en una relación comercial, “que es lo que siempre ha sido, pero como la hemos revestido de un aparato jurídico con un montón de corsés y de cosas raras, parecía que contratar a alguien era un matrimonio para toda la vida, mientras que se trata de una mera cuestión de oferta y demanda”.
Las individualidades van a sobrar
Esta redistribución organizativa implicará también notables transformaciones en las compañías. En primer lugar, porque pondrá en marcha formas de gestión muy distanciadas de las que se han venido utilizando. Así, asegura Borges, “se va a reforzar todo lo que tenga que ver con el trabajo en el equipo: las individualidades van a sobrar en las empresas”. Será crucial que los empleados sepan compartir el conocimiento y que las compañías sepan gestionarlo, lo que obligará a que las firmas busquen equilibrio entre el equipo y la aportación personal, “distanciándose de aquellos sistemas que te permitían imbuirte en la masa y no mostrar la producción propia. Más al contrario, la gestión del conocimiento requiere que se premie la contribución personal y que se haga visible cuál es tu aportación de valor a la compañía. Claro que este tipo de cosas van en contra de prácticas muy arraigadas, como la negociación colectiva…”.
Otro gran cambio tendrá que ver con la reorganización espacial, ya que las transformaciones también afectarán a las instalaciones. En la medida en que un menor número de personas tendrá una relación estable y continuada con la empresa, señala Casal, ya no harán falta tantos despachos y oficinas. Ni tampoco tantos ordenadores: “Hoy, todo el mundo tiene una clave y puede acceder a un ordenador central desde cualquier sitio, por lo que no se hace necesario un espacio propio. Así, contaremos con fórmulas organizativas para que un mismo puesto pueda ser utilizado por varias personas en distintos turnos”.
La tercera novedad provendrá de la flexibilidad horaria, que nos permitirá trabajar menos, aunque cobremos también menos. “Hay muchas personas que prefieren tener más tiempo libre para dedicarlo a la familia o al ocio, y estas fórmulas permitirán que adapten sus horarios  a sus necesidades”. Del mismo modo, asegura Conde, el teletrabajo será cada vez más frecuente, toda vez que la relación con una empresa ya no se plasma en la permanencia ni en la interacción cara a cara. “Al funcionar por objetivos y encargos, puedo trabajar desde mi casa, perfectamente conectado con el resto de colegas con los que  tengo que confrontar cosas, y vernos sólo una vez a la semana en reuniones programadas en las instalaciones de las empresas que nos han contratado”. Para Conde, es evidente que ese nuevo entorno laboral afectará sustancialmente al modus vivendi.
En todo caso, los expertos retratan un mundo flexible hacia el que nos dirigimos de forma irremisible. “Es mejor que nos vayamos haciendo a la idea de que el trabajo en una sola compañía es ya bastante difícil”. Estamos ante un cambio de modelo que, como asegura Conde, nos asusta más de lo debido: “No se nos cae de la boca que hemos de ser capaces de gestionar el cambio constante pero luego nos sentimos muy incómodos cuando tenemos que ponerlo en práctica. Sin duda, era más confortable tener un puesto fijo, pero eso ya se acabó”.